Notas de paz- Así suena la paz para los niños

Con sus botas de ciempiés, lo dañan todo al pasar. Ya no puedo volar libre, ni la tierra cultivar. Con el cangrejo del sauce llorón y el caracol, abandona su jardín, caen las flores que crecen allí, dejando al paisaje sin color.

Recordar, del latín “volver a pasar por el corazón”. Una acción preferida por muchos y tormentosa para otros. Un concepto duro para cualquier colombiano, personas que han vivido más de 50 años en guerra. Un país cuyos ríos se llenan de sangre, todo esto en medio de parques y juegos de los niños que intentan crear un recuerdo de su infancia. Un recuerdo que tenga cuentos maravillosos donde las armas no sean las protagonistas.

La guerra siempre se ha contado desde la perspectiva de un adulto, nunca se le pregunta al niño o a la niña. Siempre se piensa que los únicos afectados son los grandes, se deja de lado la mente infantil que llega a crear sus propias historias fantásticas para encontrar un lugar de escape de la realidad. Historias que se transforman en cuentos, en fábulas y en canciones. Voces de niños y niñas que han vivido la guerra y que buscan transmitir un mensaje de paz y de reconciliación.

Esta es la principal función de la creación del Monumento Sonoro por la memoria, realizado por el Centro de Memoria Histórica en convenio con Compensar y con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Protagonistas infantiles de historias de conflicto del Urabá Antioqueño, el Norte del Cauca y el Meta crearon una narrativa diferente para poder comunicar sus experiencias en el entorno de la guerra.

El conflicto visto desde la ciudad con el pasar del tiempo se ha percibido cada vez más lejano. Las historias que se conocen son de personas desplazadas que llegan a una zona urbana, sin embargo, se sigue viviendo una brecha invisible entre las consecuencias de una guerra rural con una guerra urbana. No es traer el conflicto a la ciudad, es mostrar, concientizar y contar las historias de quienes soportan el dolor de la guerra en sus espaldas y más aún de quienes han crecido en un ambiente de violencia.

Actualmente el Monumento Sonoro por la Memoria está trabajando con niños y adolescentes de dos instituciones educativas distritales de la ciudad de Bogotá, I.E.D Alemania Unificada en la localidad de San Cristóbal Sur y Alemania Solidaria en la localidad de Barrios Unidos. Se busca que los estudiantes entiendan y se sientan identificados con las historias de los contextos rurales, pues muchos de ellos también han vivido problemáticas de violencia en la ciudad.

El colegio Alemania Unificada de la localidad de San Cristóbal Sur se ubica en un espacio empinado, para llegar se puede ir en bus, alimentador o simplemente caminar hacia allá, sin embargo por el sector donde se encuentra la mayoría de personas recomienda ir acompañado. Prejuicios de estratos sociales que hacen que para muchos sea un peligro visitar el sitio, pero al llegar allí, se pueden ver las montañas y la ciudad, tiene una vista poco envidiable a la de Monserrate y los estudiantes cuentan con bastante espacio verde para su recreo, un espacio verde adornado por las construcciones de los salones.

Allí es donde conocemos a varios niños que hacen parte del proyecto del Monumento Sonoro, en un espacio natural, con un ambiente agradable y con las voces de sus demás compañeros detrás pidiendo también ser entrevistados.

Cuando nos ubicamos allí podemos ver que los niños están preparados para participar en el taller del Monumento Sonoro y alistan sus voces para deleitarse con la satisfacción de hablar de la paz. Una de ellas es Angie Maricel Castiblanco Meneses. Una niña de doce años que está estudiando en la institución Alemania Unificada. Ella nos cuenta su historia antes de iniciar el taller del monumento sonoro del día.

Angie cursa grado séptimo y tiene algo que la diferencia de los demás niños. Además de estar usando ropa deportiva como jeans, camisa, chaqueta y tenis, en comparación con los demás niños que portan el uniforme, Angie no es de Bogotá, es del Quindío y no vino por gusto sino por obligación.

Ella y su familia son desplazados por la violencia y saben que deben seguir adelante buscando un mejor futuro, uno que quizás les arrebataron de sus manos. Esta es una de las principales razones por las que Angie se siente feliz haciendo parte del Monumento Sonoro por la Memoria, porque transforma sus sentimientos en canciones y cualquier persona que la viera entendería que en su corazón de niña solamente hay confusión y resignación, pero no odio, no ganas de venganza sino de buscar un futuro mejor y es así como usa letras de canciones para expresarse “con la letra que más me identifico es con el Cangrejo y el Caracol porque ahí hablan de unos animales que se los llevan por la violencia y después ellos dejan atrás la casa y es casi como lo mismo que me tocó vivir a mí”, dice Angie mientras entona un pedazo de la canción con sus amigos.

Y es que lo que cuenta Angie no es algo nuevo, es la realidad colombiana que según el Registro Único de Víctimas (RUV), cuenta que de 1985 al 2012 más de 2.520.000 menores de edad fueron desplazados forzosamente y tuvieron que recurrir a vivir en la miseria o en el delito. Una opción que no tuvo que elegir Angie, pues en medio del conflicto logró seguir estudiando y actualmente canta con su liviana voz un mensaje de paz y reconciliación a través de la historia del Cangrejo y el Caracol.

Al igual que Angie los demás niños, niñas y adolescentes crean su propia experiencia en la participación del Monumento Sonoro. Porque es un espacio sin discriminación, por lo que los hombres también son las voces principales de algunos solos de las canciones. Jhon Esteban es uno de ellos, aunque no ha tenido una experiencia de conflicto personal, sabe qué es lo que se necesita para perdonar y para buscar un mejor camino.

Mientras le realizamos las preguntas pone una expresión seria, parecida a la de cualquier adulto, cambia su pose corporal y nos señala lo bonito del paisaje que deja ver su colegio. Jhon sabe que cambiar la historia es difícil, mucho más cuando él mismo menciona que la de nuestro país a través del tiempo no ha sido buena. Pero tiene un contexto y sabe que si se quiere se puede.

Su letra favorita de las canciones es Territorio de paz, porque cree que Colombia puede ser un nuevo territorio de paz para los niños más pequeños que él y sabe que más que problemas deben haber soluciones. “Debe haber un monumento en todo lado, porque en todo lado hay guerra”, cuenta Jhon sobre su encanto hacia el Monumento Sonoro por la Memoria mientras intenta callar a sus compañeros que se ríen de sus poses adultas.

Cuando se termina el taller de realización del Monumento Sonoro por la Memoria, se siente un nuevo ambiente, los niños han escrito cartas para estudiantes de Medellín Antioquia, otra de las partes de Colombia a donde se quiere llegar con el proyecto. Era una actividad significativa, mostraba la sencillez de las palabras de un desconocido a otro, contándole sus experiencias de vida y lo importante que es transmitir un mensaje positivo en tiempos un tanto oscuros.

En medio de todas las despedidas resaltan unos ojos verdes y maquillados, son los de Tania Fernanda Hernández, una niña de no más de 16 años que tiene su uniforme perfectamente arreglado pero aún se lo arregla un poco más para salir en la cámara. Tania cuenta que su experiencia con el proyecto ha sido positiva, que a través de actividades como la que acababan de realizar, ella había podido aprender sobre las historias de otros niños como Angie, que se ha sentido identificada con más de una canción y que su canción favorita es José Colibrí, pues cuenta la vida de un personaje que le dice no a la guerra y sí a la música.

Además de tener una perspectiva grande sobre el tema, Tania es consciente de las situaciones que se viven en su colegio, “es importante que traigan estos temas a los colegios porque se está viendo mucho vandalismo y que lo traigan para que todos reflexionemos y no hagamos lo que no se debe hacer”, dice Tania cuando se le pregunta sobre la relevancia de la realización del Monumento Sonoro por la Memoria.

Y es que al igual que Tania, varios niños del colegio son conscientes de que viven en conflictos menores, ya sean con sus compañeros o con sus propias familias, que en algunas ocasiones los abandonan o simplemente no les dan el cariño que se merecen. Dicha educación parte es desde la casa, porque actualmente si se habla de paz se debe hablar de una educación para la paz.

Es por esto, que los docentes como Marisol Moncada Lesmes del colegio Alemania Unificada, juegan un papel importante en el desarrollo de las actividades del proyecto del Centro de Memoria Histórica. Ella sabe que los estudiantes deben contar con el apoyo de los docentes, porque están cantando historias que no son lejanas a su realidad y a su contexto educativo.

Marisol trabaja con el proyecto de aceleración del distrito, en el que jóvenes mayores de edad o extra edad pueden contar con la oportunidad de regresar a estudiar. Esta también es una de las problemáticas del posconflicto, brindar oportunidades a los que más lo necesitan. Pero antes que llegar al posconflicto hay que pasar por el proceso de perdón y este es uno de los principales valores que Marisol enseña en sus aulas de clase, la importancia de saber llegar a la reconciliación y es por esto que ha sido elegida junto a otros tres docentes para acompañar a los estudiantes del proyecto, en una presentación que realizarán el 31 de mayo del 2016, cantando y presentando todas las letras de las canciones que con tanto esfuerzo han preparado y ensayado para mostrar su mensaje de paz.

Un grupo de 25 niños hacen parte de este proyecto que viene a la ciudad de Bogotá, ya no solamente presentando las ideas sino buscando personas que cuenten y canten esas ideas. Una de las personas que apoya este proyecto es la comunicadora social, politóloga y pedagoga junior María Luna Mendoza. Ella trabaja con el Centro de Memoria Histórica y tiene el carisma suficiente para hablar con los niños y hacerles entender que ellos también son parte de la historia colombiana.

Cuando se ingresa al aula del Monumento Sonoro en el colegio, se siente un ambiente diferente al de los demás salones. Todo gracias a lo que se va a hacer en ese espacio que se transforma en un contexto de limpieza espiritual, guiado por María Luna, un profesor de canto y el actor Nicolás Montero.

El sitio irradia luz, literalmente, pues una de las actividades a las que recurren los orientadores para guiar a los niños en su labor es darles a cada uno una vela con una fotografía, crear un círculo de personas, tomarse de las manos y realizar una retroalimentación de lo que se ha aprendido, de lo que se hizo, lo que se está haciendo y lo que se hará.

Es un espacio de concentración y relajación, sobre todo de conectarse internamente con los niños, esto guiado por la pasividad del silencio, la luz de la vela y el calor corporal provocado por la unión de manos, un símbolo que deja ver la importancia de la unidad en la construcción de paz.

María Luna tiene un estilo hippie, ella conoce los problemas y busca una solución para ellos. Sabe conectarse emocionalmente con los estudiantes y no tiene más de 25 años. Comenta que el Monumento Sonoro comenzó por otro proyecto, el de las voces de los niños, niñas y adolescentes, ecos para la reparación integral. De ese proyecto salieron las historias que ahora se narran en la obra musical: Las langostas y los colibríes. Para María Luna, la paz sí se puede lograr y busca crear una cartilla pedagógica en el que se le explique a docentes, padres y demás familiares la importancia de incluir a los niños en la historia y crearles una consciencia que muestre las experiencias de resistencia, de esperanza y de cotidianidad en medio de la guerra.

Todo eso como planes a futuro, pero actualmente cree en su proyecto y sabe que “donde hay esperanza es donde todos y todas somos capaces de reconocernos como agentes de nuestra propia historia”, esa es una de las frases que dice María Luna quien irónicamente estaba nerviosa por la cámara pero segura frente a más de 25 niños.

María Luna conoce las historias de los niños y tiene la convicción necesaria para asistir cada quince días o semanalmente al colegio y realizarles un acompañamiento pedagógico en su proceso de canto y más que eso en crearles una consciencia que todavía existe la esperanza y que la paz sí se puede lograr.

Sin embargo, ella sabe que esto no se puede alcanzar sin el apoyo de las nuevas generaciones. Pues tal y como menciona ella y también el taller de: Los niños afectados por los conflictos armados y otras situaciones de violencia, del Comité Internacional de la Cruz Roja, en el cual se especifica en un apartado que la participación de los jóvenes se debe ver como una creación de identidad y autoestima, creando responsabilización y que tengan un igual poder de decisión que los adultos. Porque se debe entender que el conflicto es de todos, por lo que la paz también debe serlo, más aun teniendo en cuenta a personas que son el futuro de nuestro país.

TIERRA DE COLIBRÍES, DE LO RURAL A LO URBANO

La mayoría de los niños que han sido afectados por la violencia se encuentras en zonas rurales del país, de acuerdo al informe: Como corderos entre lobos, del uso y reclutamiento de niñas, niños y adolescentes en el marco del conflicto armado y la criminalidad en Colombia, de la Dra. Natalia Springer. Se pudo observar que el 69% de niños que son reclutados por grupos armados viven en zonas campesinas lejanas a las ciudades. Un dato que es relevante en el momento de ver la importancia de romper la brecha invisible entre conflicto urbano y conflicto rural.

Ese es uno de los mensajes de la canción Tierra de colibríes, la favorita de la estudiante Michel Sofía Vanegas, una niña que al igual que Tania tiene unos ojos verdes que expresan altivez, conocimiento y ganas de resolver el mundo poco a poco con canciones. “Me han llamado la atención los niños que han sufrido por los actores armados porque sus familias han tenido que irse con ellos solo por reclutarlos y sin decir nada”, expresa Michel mientras se arregla su uniforme.

Ese es el pensamiento de una niña de no más de 15 años, una niña que sabe y conoce lo que se está viviendo en el país. Michel como niña, a diferencia de muchos adultos, se preocupa por los demás y quiere buscar una solución por lo que muy seriamente nos mira y dice que “yo les digo que se pongan en los zapatos de los niños que sufren, porque ellos sufren allá y nosotros acá contentos”, eso es lo que dice una niña que hace parte del Monumento Sonoro por la Memoria y que espera que se cree un cambio positivo en el país.

Estos pensamientos no se infunden solamente con experiencias, también con lecturas, información y educación. Algo de lo que el antropólogo, actor y director Nicolás Montero ha hecho parte. Mientras los niños se van despidiendo de María Luna, Nicolás se pone en disposición para comentarnos un poco sobre su trabajo en el proyecto. Es un hombre de experiencia y un tanto bohemio lo que se demuestra en su vestimenta.

Para hablar del conflicto hay que conocer un poco sobre la historia de nuestro país y ahí es cuando Nicolás trata un tema relevante y plantea las preguntas del “¿cómo voy yo ahí? Y ¿cuál es el país que quiero?”, pregunta Nicolás casi a manera de reclamo, no a nosotras, no a la cámara, sino a cada uno de los colombianos que ha se ha puesto una venda en los ojos frente a la realidad o que se ha negado a hacer parte de un cambio, porque tal como comenta Nicolás “el tema es cómo logramos un nivel de empatía que nos permita un nivel emocional de decir. La importancia es decidir. Yo estoy es aprendiendo, yo puedo aportar preguntas, sé que desde la metodología hay formas de comprensión que nos permiten acercarnos más a decisiones éticas, que se basan y se logran cuando uno logra ubicar emocionalmente los hechos”, dice Nicolás mientras se despide de algunos de los niños que van pasando.

La importancia es decidir, esa es la cuestión que plantea el Monumento Sonoro por la Memoria, la importancia está en tomar un lugar no desde el conflicto sino tomar un lugar en la solución del conflicto.

Una de ellas es poniéndose en los zapatos de los demás tal y como sugería Michel Sofía y eso incluye también a los niños, porque todos hemos sido parte de estos 50 años y más de violencia, los niños han crecido en ambientes de guerra, es el momento de buscar una solución como propone Nicolás “la invitación para todos es que decidan, si queremos ser seguir siendo parte de un país que ha legitimado la violencia para alcanzar los objetivos de uno o de otros, ¿queremos seguir siendo cómplices de una guerra que supuestamente pasa allá?. La invitación es a decidir, y eso se hace mejor cuando se hace conciencia y eso es a través del conocimiento”, dice firmemente Nicolás mirando hacia la cámara y a nuestros ojos.

El problema principal es que se ha legitimado la violencia como menciona Nicolás, se ha creado la brecha invisible que divide lo rural de lo urbano y se han olvidado a unos de los principales actores de la historia, de personas que no se ven a sí mismas como víctimas sino como resistentes al conflicto. Los niños y no solamente los de los colegios de Bogotá que hacen parte del Monumento sonoro por la Memoria, son todos los niños, niñas y adolescentes de Colombia que deben hacer parte de esta construcción de paz.

Es por esto, que el trabajo que se está realizando desde el Centro de Memoria Histórica es relevante, es por esto que Angie, Jhon, Tania y Michel Sofía cantan con todo su corazón. Porque si John Lennon pudo cantar imagine y Diego Torres le puso el color a la esperanza, en este caso tal y como escribió José Luis Perales, es necesario que canten los niños. Canciones con mensajes de paz y de reconciliación, pero también son necesarias las canciones para la memoria y para perdonar. Esta es la historia de las langostas y los colibríes, un repertorio de diez canciones que le muestra al país que sí es posible que un niño narre el conflicto y más aún que los niños, niñas y adolescentes sean parte de esta nueva era de paz.

Lo que necesitamos son estas canciones con mensajes de paz, para que en el momento de recordar el conflicto se piense más en una reconciliación que en una venganza. Porque para perdonar hay que ver el conflicto desde los ojos de un niño.

Los cangrejos con su andar labran toda la tierra, las hormigas laboriosas trabajan al compás del armonioso pueblo de los colibríes y aunque son diferentes viven en paz. Con la primera luz comienza la cosecha de nuevos sueños, vida, trabajo y amor. Tierra de Colibríes y del espíritu del jaguar.

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