En mi recuerdo

Bogotá, 2019. Allí está ella, sentada, sumida en sus pensamientos, aquellos que nadie puede invadir, que nadie puede adivinar. Es ella, su mente, su cuerpo y su alma, nada más. Su cabello se ha tornado blanco y gris, sus ojos son un algo vidriosos y son pocas las veces que los abre. No pronuncia una palabra, no hace un movimiento, solo es ella, la mujer que dio inicio a una hermosa familia, la mujer luchadora que se preocupó siempre por el bienestar de sus hijos, la mujer que amó. No la define su actualidad, la define lo que fue.

Todo pasó bastante rápido, cuando era joven no cumplió todos sus sueños, pero sí pudo vivir plenamente, bailó, cantó, cosió, caminó y cocinó ¡Qué delicia lo que cocinó! Sus sopas especiales, platos totalmente santafereños con toques de ella. Su esposo era su compañero, su amigo y su confidente, no siempre fueron rosas en la relación, como en toda realidad habían espinas, pero juntos superaron las dificultades. Con esfuerzo lograron tener su casa, humilde pero hermosa, para ellos y para sus hijos, un lugar lleno de historias.

Con el paso del tiempo, ella fue cambiando y cuando murió su marido fue una explosión de emociones, lo que recordaba, lo que lo amaba, lo poco que su mente guardaba. Pasaron los años y su piel tersa fue volviéndose suave como un algodón, sus pasos fueron disminuyendo, pero su vanidad no, aquel labial que con tanto cuidado ponía en sus labios era el reflejo de una mujer hermosa. Su niquelera guardaba todos aquellos tesoros que encontraba, era su posesión más apreciada. Su vestuario siempre estaba impecable y para completar su magnificencia usaba joyas que combinaban con su atuendo. Siempre elegante, siempre esbelta, pero poco a poco olvidando.

Al principio fueron cosas simples, luego fueron los nombres, algunas fechas, los lugares y su familia. Pero el corazón es más fuerte que todo y la unión hizo que ella estuviera acompañada para que nunca olvidara. Cada pequeño paso que daba era para retroceder hacia una condición casi igual a la de un niño y avanzaba un poco más hacia un espacio donde solo ella podría ingresar. Todo pasaba paulatinamente.

Pero se cosecha lo que se siembra y ella sembró amor. Cada uno de sus hijos la siguió amando cada día más y aunque sus pulmones, su estómago y su cerebro fallaran, su corazón seguía latiendo fuertemente. Nadie podía saber qué pensaba, qué veía, qué sentía y si quizás soñaba e imaginaba todavía; pero todos tenían la certeza que hasta el último día de la vida de ella, ella sería su madre, su abuela, su amor.

El alzheimer es un viaje que nadie toma voluntariamente, si bien es cierto que deteriora el cuerpo y la mente, no dejemos que deteriore el alma. No abandonemos a aquellos que nos dieron su amor, su vida y su entrega. Si ellos olvidan, nosotros no los olvidemos. Porque ella por lo menos está y estará siempre y por siempre en mi recuerdo.


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