La estocada final

Bogotá, 2000. Camilo lleva años radicado en la fría capital colombiana, cada vez que cierra sus ojos recuerda a su hermosa Barranquilla, su ciudad adornada, caliente y sabrosa, todo lo que no le representa Bogotá. Pero es que es ahí donde tiene a su familia, su esposa, sus cuatro retoños; tres niños y una niña. Por eso no deja su misión y lo que se propuso desde que puso un pie en la ciudad, volverse cantante profesional de vallenato.

Un gran amigo de él fue quién descubrió su talento, lo escuchó cantar y quiso lanzarlo al estrellato. Cada nota que Camilo cantaba era maravillosa, su voz evocaba un gran sentimiento y siempre que daba sus anheladas serenatas sus amigos le decían que daba una estocada final, pues cada última nota era como el punto máximo de su talento.

Camilo amaba a su familia, pero también amaba a su guitarra, aquella fiel amiga que lo acompañaba a entonar canciones que componía o que su amigo le daba. Esa guitarra que era una extensión de su brazo, que su mano tocaba con suavidad y con finura afinaba cada noche para dejarla preparada para las presentaciones. Sus amigos eran su apoyo, tocando el acordeón, la guacharaca y la caja; juntos iban a sorprender a las mujeres cuyos maridos habían pagado por una serenata y obviamente a los eventos especiales a los que poco a poco iban teniendo más acogida por el público.

Decir que Camilo era un hombre serio sería una falacia, cada día se despertaba con una sonrisa, su mujer en un brazo y su guitarra en el otro. Era un hombre honorable y respetado por sus amigos, pues era justo con los pagos de las presentaciones. Sin embargo, una pequeña nube oscura de la capital sería la que empañaría sus sueños, su amor y su vida.

Fue una noche oscura en la que él salió para dar una nueva presentación, se puso su traje correspondiente, se peinó como siempre acostumbraba, se despidió de su mujer, de sus hijos y bajó para subirse a la camioneta donde se encontraría con sus amigos e irían a compartir ese gran talento que tenían.

Tocaron, cantaron, bailaron y hasta tomaron un poco, todos celebrando que la presentación había sido un éxito. Volvieron al lugar donde todo había comenzado, la zona de los mariachis, el espacio en el que la música mexicana y colombiana confluían para dar una sola entonación. Los amigos de Camilo le dijeron que lo llevarían a la casa, pero él estaba nostálgico esa noche en particular y decidió caminar un rato solo.

Cada paso que daba era como pintura invisible que marcaba su recorrido, su carrera artística, su momento de brillar. Su nombre ya sonaba en la mayoría de bares y emisoras de la ciudad y en Barranquilla su hermosa tierra ya lo resaltaban como el artista del año. Aquel frío que pasaba por la capital era desapercibido, porque él estaba inmerso en su alegría, en su felicidad, él y su guitarra, su fiel compañera, la que le había ayudado a llegar donde estaba. ¡Cuánto quería su guitarra!

Todo lo que Camilo pensaba en ese momento fue interrumpido por tres hombres vestidos de negro que se acercaron sigilosamente a él al verlo solo; cada uno llegó por un lado diferente hasta que lograron acecharlo y dejarlo sin escapatoria. Los tres hombres hablando rápidamente gritaron exigiendo que Camilo les diera dinero y la guitarra. Camilo balbuceó pues no entendía lo que sucedía, hasta que uno de ellos mandó su mano al arma que llevaba en la pretina. En ese momento, el cantante volvió en sí y les pidió que no le hicieran daño, que él tenía familia. Pero los hombres siguieron insistiendo y Camilo forcejeó con ellos para no dejarse quitar la guitarra.

Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Mientras Camilo se volteaba para intentar escapar, uno de los hombres le arrebató la guitarra, otro le disparó 3 veces y el otro gritó avisando que debían escapar de ese lugar. Los tiros se escucharon hasta dos cuadras más allá y Camilo cayó al piso lentamente mientras un hilillo de sangre dejaba su rastro en el suelo. Ese día a él le dieron una estocada final, justo después de haber hecho él una en aquella presentación cantando como nunca.

Varios mariachis de la zona corrieron hacia donde estaba el cantante en el suelo y pidieron una ambulancia, pero ya era demasiado tarde, Camilo ese día cantaría desde el cielo.

Todos tenemos una expectativa de lo que haremos con nuestra vida, pero muchas veces el camino nos desvía y no logramos concluir lo que nos proponemos. Vive cada día como si fuera el último, porque nunca se sabe cuándo llegará la estocada final.


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