El que siempre ha sido

La Mesa, 2011. En todo el pueblo conocen a Milton, no hay una persona que no sepa dónde vive, a qué se dedica y cuáles son los negocios que tiene. Pero no es de ahora, es de siempre. El padre de Milton cazaba con presidentes, se codeaba con la crema y nata de la sociedad y se preocupó por dejarle un legado a sus hijos, a todos los 10, pero el que mejor lo supo aprovechar fue Milton.

Cuando era joven era reconocido por su buen físico, por su actitud ganadora y su coquetería con cualquier muchachita que se le pasara por el camino, sin importar la edad, la etnia o los apellidos. Poco a poco fue creciendo y su actitud dio frutos, con los contactos de su padre logró llegar a grandes cargos políticos procurando no precisamente por el bienestar de la comunidad.

El padre de Milton era un hombre muy varonil y poderoso que trataba a su esposa no siempre de la mejor manera y llevaba a sus hijos a eventos sociales solamente para que tuvieran buenas relaciones públicas, que tal como él pensaba les iba a funcionar en el futuro. Cuando el padre murió, todas las propiedades se repartieron entre los hijos, pero Milton siendo un poco más perspicaz que los demás se quedó con el mejor ganado, la mejor tierra y por supuesto las amistades de su padre.

La primera acción de Milton cuando tuvo poder fue promocionar todos aquellos sitios donde las mujeres se presentaran como objetos sexuales ante los hombres, cada lugar él lo inauguraba y compartía junto con familiares cercanos la dicha que tanto su padre como él mismo habían construido.

Poco o nada se puede decir de la honorabilidad de Milton, lo único que era cierto es que sus relaciones y finanzas subían proporcionalmente. Pero en el corazón nadie manda y cuando llega un dueño es difícil evitar lo inevitable.

A la vida de Milton llegó Carla, una hermosa mujer que se enamoró perdidamente de él, ella le ofreció su amor, su compañía y su paciencia. Esto fue lo que lo enamoró a él, que ella no quiso cambiarlo, lo aceptó como era y fue así como ambos contrajeron nupcias.

Pasaron algunos años y Milton por su amor a Carla cambió su forma de ser, pero quien ha sido no deja de ser y en este caso no sería la excepción. Milton al poco tiempo volvió a ser aquel hombre que buscaba señoritas, que encantaba damiselas y que llegaba tarde a su hogar.

Carla ahora embarazada le decía que ella lo amaba y que ahora él debía pensar no solo como hombre, sino como padre, que tomara el ejemplo que el de él le dio.

Esto fue suficiente para que Milton tuviera un poco más de fortaleza y formara durante años una relación exclusiva con Carla y pudiera dedicarle tiempo a sus tres hijos. Milton cuidó de ellos y Carla le brindó todo su amor.

Pero nada dura para siempre y cuando la vida quiere cambiar el rumbo lo hace sin preguntar. Carla sufrió una enfermedad mortal que acabó con su vida en pocos días, pero para gusto de ella fue cuando ya era mayor, cuando les había dado sus mejores años a sus hijos y a Milton. Ella murió tranquila, sus hijos la lloraron y Milton ahora un anciano la enterró.

Pasaron dos semanas en las que los hijos de Milton lo acompañaron en aquella casona donde vivía con Carla, pero cada uno debía volver a sus quehaceres, así que se despidieron de él y lo dejaron en aquel pueblo que lo veneraba con el recuerdo de una mujer que lo amaba.

Cuando pasaron dos días de la partida de los hijos, Milton empezó a sentir la soledad, una compañera con la que nunca había tenido que compartir y que definitivamente no le gustaba. Fue así como terminó su luto.

Milton decidió pararse de la cama, afeitarse, cambiarse, perfumarse y salir a la calle a recorrer cada esquina y encontrar aquellas señoritas que eran sus amigas fieles, aquellas que nunca lo abandonarían y siempre estarían dispuestas a abrir su cuerpo y corazón a él.

Desde ese día Milton volvió a ser el que era o quizás el que siempre debió ser, fiel a sí mismo, a su pensamiento, a sus gustos, a su vida, una en la que él era el rey rodeado de súbditos y concubinas.

La vida da muchas vueltas y cada uno recorre un camino distinto, pero si en algo no podemos mentir es en nuestra esencia, somos lo que hemos sido y en ocasiones por más que debamos cambiar volveremos a ser lo que queremos ser, porque a veces el que siempre ha sido, no deja de ser.


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