Del amor al horror

Chipaque, 1994. Desde pequeños nos educaron con cuentos de hadas, princesas, príncipes y castillos. Así educaron a Sandra, una mujer que vivía en un paraíso con olor a guayaba y ají, que sufrió maltrato físico por parte de sus padres y buscaba una salida. Nada mejor que aquel príncipe vestido de verde camuflado para salvarla de aquel sufrimiento. Ella aceptó irse con él y dejar su paraíso atrás para acompañarlo a una travesía al infierno. 

Toda la familia de Sandra estuvo en la boda, que más que una celebración fue una despedida para desearle un buen camino hacia Chipaque, donde viviría con su príncipe. El día del matrimonio ambos se besaron, declararon y profesaron su amor ante Dios, pero cuando Sandra no veía su amado príncipe profanó su matrimonio ese mismo día con su mejor amiga, una traición, simplemente un gran dolor, que ella por ser el día de su fiesta, decidió omitir y seguir adelante con los planes de estar con el que era ahora su esposo y dejar como villana a su mejor amiga absolviéndolo a él de cualquier tipo de culpa. 

Cuando llegaron al pueblo, encontraron su nido de amor, pero allí no estuvieron solos por mucho tiempo, pues desde antes de viajar, Sandra ya estaba embarazada. 

La traición pasó a ser el día a día, el trabajo del príncipe le permitía viajar, dejando a Sandra ya no con uno sino con dos hijos, una niña y un niño, que compartían felices y jugaban con perdices, pero que huían de su madre cuando esta enfurecía al enterarse de los engaños de su marido y buscaba venganza con sus propios hijos. 

Los niños lloraban y se escondían, solo cuando llegaba su padre salían, pero al reclamar por la violencia de su madre, el hombre pasaba de ser un príncipe a una bestia y arremetía contra Sandra, preguntándole por qué lastimaba a sus hijos. 

Ella, por su parte realizaba la contrapregunta, interrogándolo por su paradero, el labial que llevaba en su uniforme y el olor a perfume barato de mujer que salía de su cuerpo. En ese momento los niños volvían y se escondían pues sabían que era el turno de su padre, el príncipe debía volverse una bestia, pero no con ellos, con su madre. 

El hombre no discutía ni objetaba con Sandra, simplemente la golpeaba con la esperanza que ella no volviera a hacer preguntas sobre sus infidelidades. 

De una situación tan dolorosa que no pasaba una, ni dos, sino varias veces y donde no se sabían quiénes eran los culpables y quiénes las víctimas se podría suponer que tendría un final acelerado, un divorcio o algo peor. Pero no fue así, ambos se habían prometido el uno al otro durante toda una vida y se empeñaban en que así fuera. 

Cuando pasaron los años, los niños crecieron y Sandra y su esposo siguieron juntos, aguantándose, sin saber si era amor, costumbre o miedo a la soledad. Los niños ahora eran adultos y eran exitosos, cada uno forjó la vida que quiso y ambos fueron profesionales. Pero aún con ellos fuera del hogar, las peleas entre Sandra y su marido no disminuían, la única diferencia era que la violencia del esposo ya no era física, era verbal. 

Los hijos intentaron hablar con sus padres, para mostrarles que había soluciones y que no eran sano que estuvieran unidos. Pero ellos, no aceptaron la sugerencia, simplemente continuaron juntos. 

Tanto, que hasta el día de hoy, siguen juntos, unidos, sin saber la razón, pero sí tolerándose un poco más que antes. Sin embargo, el pasado les dejó secuelas, al hombre con una actitud cansada y enfermedades generales, a Sandra problemas psicológicos y unos ojos que ya no brillan igual que antes. Una familia unida y rota a la vez, con momentos felices que logran empañar aquellos ruidos que tanto los lastimaron. 

Cada uno labra su destino, pero podemos tomar las riendas de nuestra vida en cualquier momento y decidir lo que es mejor para nuestra tranquilidad. El amor se puede disfrazar y muchas veces se puede confundir, pero lo que es claro es que la violencia en cualquiera de sus presentaciones no es una muestra de este. La vida es corta y hay que vivirla plenamente, para amar primero debemos aprender a amarnos nosotros mismos.