Veneno por amor

Moniquirá, 1932. El padre de José lo crió como el hombre que hoy es, un hombre trabajador, borracho, machista y agresivo. Cuando José quería llorar, su padre se lo prohibía; si quería abrazar a su madre y dejar que ella lo consintiera, su papá no solo lo castigaba a él sino que descargaba su malhumor con la madre de José.

José creció entonces en un ambiente hostil y machista donde la mujer era otra propiedad. Pero no era su culpa, para la sociedad esto era el común denominador y entre más opresor mucho mejor. José creció y logró distintos trabajos, visitaba las casas del pueblo ofreciendo sus servicios de carpintero, fontanero o lo que se necesitara.

En una de esas casas fue donde conoció a Matilde, una jovencita que cumplía con las labores del hogar que su madre le enseñaba. José se enamoró a primera vista, desde ese momento dejó pactado que Matilde debería ser suya; procedió a hablar con el padre de la joven y acordar el matrimonio señalando las múltiples habilidades que él como hombre sabía hacer y que le permitirían a mantener a la jovencita. El padre de Matilde aceptó y le comentó a su hija cuál sería su destino, aceptando el matrimonio y ordenando a la madre a iniciar con las preparaciones de la boda.

Después de varios meses José y Matilde se casaron, ella obligada, él obsesionado. La misma noche del ritual, consumaron su matrimonio y así inició su relación familiar. Como mujer sumisa y doblegada, Matilde dio a luz a 10 hijos, pero como era de esperarse, la alegría de José desbordaba al enterarse del nacimiento de los hombres y su ira y desinterés era notable cuando le decían que Matilde había engendrado mujeres.

Cada día luego de terminar su trabajo José se iba a la cantina a tomar, allí gastaba los pocos centavos que poseía, solo para llegar a su casa a gritar buscando a sus hijos y a su mujer. Matilde al escucharlo llegar, corría a esconder a los niños para poder atenderlo. Al no encontrar a los niños José arremetía contra Matilde, forcejeaba con ella y la maltrataba, le recalcaba su falta de experiencia en los quehaceres del hogar y lo mala mujer que era con él, todo esto acompañado de cachetadas y golpes para Matilde.

Los niños encerrados no gritaban ni decían nada, solo lloraban en silencio al ver cómo su padre maltrataba a su madre, mucho de ellos sin tener consciencia de lo que estaba sucediendo.

Así pasaron varios meses y años. El rostro y cuerpo de Matilde empeoraban por los golpes de su marido, sus hijos ya un poco más grandes intentaban impedirlo pero resultaban víctimas de la furia alcohólica de José, quien los días siguientes cuando pasaba sus borracheras, se acercaba a su esposa solamente para disculparse con ella y obligarla a acostarse con él.

Matilde visitaba a su madre quién había quedado viuda luego de la muerte del esposo; allí ella sanaba las heridas de su hija, recalcándole que un día pasaría y que José cambiaría, que el amor de la familia lo podía todo. Pero el pensamiento de la mujer pronto cambiaría.

Fue una tarde lluviosa cuando Matilde llegó corriendo al rancho de su madre, con sus hijos detrás de ella. Todos llegaron para esconderse. La mujer al ver a su hija destrozada, moreteada y a los niños llorando sin poder calmarse, decidió acogerlos en su hogar y protegerlos. Allí la madre de Matilde le curó las heridas, alimentó a los niños y los dejó durmiendo. Mientras su hija gemía del dolor y lloraba, su madre escuchó golpes y gritos en la entrada principal.

Cuando la madre de Matilde salió, se encontró nada más y nada menos que con José, quién aún borracho le gritaba a la mujer que era una alcahueta, que dónde estaba su mujer, que ella le pertenecía y que quería verla. Ella llena de odio y rencor por un hombre que solo le había causado dolor a su hija, le prohibió la entrada a su rancho, le dijo que se marchara, que nunca volvería a saber de Matilde, que ella se había ido y no volvería. José mareado siguió gritando groserías devolviéndose a lo que él consideraba su casa y su hogar.

Esa tarde, la madre de Matilde envió a su hija y sus nietos a un lugar seguro, lejos del pueblo y de las manos de José. La mañana siguiente cuando José fue a reclamar por sus hijos y su mujer, la madre de Matilde le dijo que en su rancho no estaban, que de pronto él mismo había matado a su esposa y no recordaba. José gritando enardecido entró a la fuerza empujando a la anciana, tumbó las puertas y recorrió cada rincón, solo para comprobar que su esposa e hijos no estaban allí.

José forcejeó con la anciana fuertemente para intentar que esta le dijera dónde estaba la mujer que le pertenecía a él, tanto que la policía tuvo que llegar y llevárselo. Cuando por fin lo soltaron, el hombre salió a buscar por todo el pueblo preguntando por el paradero de su mujer y amenazando a quien no le dijera su paradero. Así pasaron dos días y José no encontró a su esposa.

José se olvidó de las enseñanzas de su padre y volvió donde su suegra a disculparse, llorando y rogando por su perdón, todo con la finalidad que ella le dijera dónde estaba su esposa o se la devolviera. La mujer le dijo que no lo sabía, que no la había visto hace mucho y que lo más seguro es que estuviera muerta por los golpes de José. El hombre desecho comenzó a llorar y preguntó por sus hijos, obteniendo la misma respuesta que la mujer le había dado antes.

José salió del rancho y volvió a la cantina, allí bebió lo que el poco dinero que tenía le permitió tomar y se fue para su casa esperando encontrar allí a Matilde. Pero no fue así, cuando llegó ni su esposa, ni sus hijos estaban, solamente el frío recuerdo de lo que había sido su matrimonio y el sentimiento de impotencia al no saber dónde estaban.

El hombre volvió a llorar y mirando el techo de su hogar pensó en su familia, aquella que él se había encargado de acabar, no quería vivir sin Matilde, sin sus hijos y sin su dignidad al saber que había perdido a su esposa y que quizás ella ya estaría con alguien más. Primero muerto que con cachos, ese fue el pensamiento de José, quien en medio de su borrachera cogió un tarro de veneno de ratas que había en la cocina y se lo tomó, todo, hasta la última gota, dejando en el suelo un cuerpo agonizante que terminó en un frío cadáver que recogió la policía cuando los vecinos sintieron el mal olor de la descomposición de José.

Es difícil describir qué es el amor, es más sencillo saber qué no lo es. La violencia intrafamiliar ya sea física o psicológicamente es un flagelo que afecta a cientos de familias en Colombia. Todos somos iguales y merecemos el mismo respeto, nadie nos pertenece, todos somos libres, es sentir amor y dar amor.


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