La otra

Cite, 1966.

Eduardo vive con María, una relación de compromisos, de amor mutable con un compromiso arraigado por la bendición de Dios y la atadura de 2 hijas. Cada mañana María le da el desayuno, lo atiende, pacientemente soporta los malos tratos, las borracheras de Eduardo y sus ausencias nocturnas. Eduardo por su parte, intenta remediar los daños que hace con alguna que otra caricia, con dinero para la alimentación y con reproches por las faltas de cualidades domésticas de las que carece María. Cada fin de semana es una excusa, un escape. Eduardo ama a María pero debe huir, debe conocer un mundo nuevo, uno que le ofrezca algo más que una vida de hogar familiar.

Cite, 50 años después.

Eduardo y María siguen juntos. Las dos niñas ya son dos adultas que están acompañadas por otra hermana y un hermano. Son cuatro hijos en total, todos superaron la crianza en su hogar y todos aman a sus padres a pesar de las vivencias del pasado que sus mentes han intentado eclipsar.

María continúa atendiendo a Eduardo con paciencia, haciendo cada movimiento con delicadeza a la medida que su cuerpo se lo permita. Eduardo por su parte ya camina más lento, sus canas y arrugas demuestran el paso del tiempo en su rostro y cuerpo. Ama a María, pero más como compañera, ambos supieron soportarse el uno al otro, a regañadientas, con las peleas, con las falencias de cada uno, pero lo lograron. Han pasado 50 años y sus hijos están grandes, son trabajadores, los respetan como padres y la cotidianidad hace que entren en un loop rutinario que los envuelve como en una mala película que no tiene un fin.

Así era, por lo menos hasta ese día. Ese oscuro día donde todo cambiaría, donde esos 50 años serían una tormenta de mentiras y donde se partiría una familia en dos, para dar a conocer a una nueva. María estaba barriendo la casa como de costumbre, cuando de pronto escuchó en la entrada la voz de una mujer saludando. María salió y la vio, una mujer de aproximadamente 49 años, que amablemente se presentaba por su nombre: Paula, y preguntaba por su padre: Eduardo.

Como si fuera una mala broma María se rió y la miro con desdén, aclarándole que ella estaba muy ocupada para soportar esos chistes. Paula por su parte quitó su sonrisa del rostro y le recalcó a María que su presencia en esa casa no era ningún chiste. Paula le dio nombres, apellidos y descripciones físicas de Eduardo, quien aseguraba era su padre. En ese momento María se sintió mareada, débil y poco a poco se fue desvaneciendo en una silla cercana. Paula ayudó a María y le preguntó por su estado de salud. María recobró el aliento y tal como si fuera un animal callejero sacó a Paula de su casa,  le ordenó no molestar su tranquilidad y se encerró en su cuarto. Paula se fue, no sin antes dejar un mensaje para su padre: Que lo quería, que necesitaba verlo y le entregó una fotografía a María.

Al pasar las horas, los hijos de María llegaron a visitarla, allí la encontraron en shock, entre llantos y gritos, María logró explicarles lo que había sucedido. Elllos no sabían cómo reaccionar, se negaban a creer que eso fuera cierto y exigían pruebas que demostraran la veracidad de lo que aquella mujer que decía ser su hermana le había dicho a su madre. María y sus hijos decidieron esperar a la llegada de Eduardo, quién estaba en ese momento en un pueblo cercano.

Pasaron las horas y Eduardo arribó. No había dado un paso cuando como en un interrogatorio policial su esposa y sus hijos lo sentaron, todos pidiendo una explicación.

Eduardo palideció, tragó saliva y negó todo aquello de lo que lo acusaban. María con lágrimas secas en su rostro sacó la fotografía que Paula le había entregado y se la dio a su esposo. En ella aparecían Eduardo un poco más joven, casi 50 años más joven; una pequeña niña y una mujer abrazados debajo de un árbol.

En ese momento todo cambió, los hijos de Eduardo empezaron a gritarlo, a exigirle una explicación y preguntar por la procedencia de esa mujer que le había causado tanto dolor a su madre. Eduardo bajó la cabeza, se quitó el sombrero, con lágrimas en los ojos y hablando entre los dientes les contó.

Cincuenta años atrás, Eduardo tuvo que viajar a un pueblo cercano por algunos meses, allí conoció una enfermera que cuidó de él, le brindó posada, alimento y calor humano. Con noches tan frías y después de pasar tanto tiempo juntos, se enamoraron. Eduardo le comentó de su familia, pero eso no fue un impedimento para caer en las ardientes brasas del momento. Meses después Eduardo retornó a su hogar con María, pero continuó en contacto con la otra, aquella mujer que lo había embalsamado con caricias e infidelidad. Ella le comentó de su embarazo, le dijo que Eduardo ahora tendría ‘La Otra` familia.

Durante cincuenta años María y sus hijos no sospecharon nada, no supieron de la relación que Eduardo había establecido con la otra, no se enteraron de los cheques que él le consignaba en su cuenta para mantener a la niña y efectivamente no tenían ni idea de la existencia de Paula.

Esa noche los reproches no fueron suficientes para Eduardo, pero fue María la que los paró. Les dijo a sus hijos que no permitiría que su esposo la volviera a gritar o a pelear con ella, pero que de resto todo seguiría exactamente igual. Sus hijos quedaron sorprendidos y ante la decisión de su madre no tuvieron otra opción que marcharse y dejarlos solos.

Eduardo como pudo se arrodilló ante María, suplicando su perdón. María lo miró y con lágrimas en sus ojos le pidió que Paula y la otra quedaran en el pasado, no quería volver a saber de ellas. Eduardo descaradamente le dijo que solo quedaba Paula, la otra había muerto algunos años atrás. María lo miró fríamente y allí él se disculpó asintiendo con la cabeza y diciéndole que eso quedaría atrás que los pocos años de vida que le quedaban sería para su familia, la primera, no la otra.

¿Qué necesidad tenemos de reencontrarnos con el pasado? Si bien marca nuestra vida no necesariamente marca nuestro futuro. Hay cosas que es mejor dejarlas atrás, hay momentos en nuestra vida que simplemente debemos seguir adelante, pero algo que tenemos que tener claro es que el amor propio es el más fuerte de los amores que existen y que nosotros mismos somos espejismos de lo que fuimos y de lo que seremos.


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